Comentario a “Der Sandmann” de Hoffmann (1817)

Comentario a “Der Sandmann” (“El hombre de arena“), relato incluido en Nachtstücke” (“Cuentos nocturnos“) de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann.

En “El hombre de arena” (“Der Sandmann”), Ernst Theodor Amadeus Hoffmann, nos narra la historia de Nataniel, un joven traumatizado por las historias del “hombre de arena” que le contaban de pequeño y que él proyectó en Coppelius, abogado y amigo de su padre, lo cual, una vez superada su niñez, sigue en su subconsciente y surge al encontrarse con Coppola, un vendedor ambulante (de barómetros) que le recuerda al abogado.

El cuento comienza de forma peculiar, ya que el autor, en lugar de iniciar el relato con una fórmula más o menos típica (sobre lo que el mismo autor reflexiona, algo también atípico), nos presenta la correspondencia entre el protagonista, Lotario, su amigo y “hermano” (adoptivo podríamos decir), y Clara, su prometida y hermana de Lotario.

De esta manera, una carta de Nataniel destinada a Lotario que recibe Clara por error, nos descubre el trauma infantil antes mencionado.

Por lo visto, el encuentro con Coppola le rememora paisajes olvidados de su vida, y cree que en el fondo Coppola y Coppelius son el mismo personaje.

En su infancia, gustaba de escuchar las historias de su padre antes de acostarse, pero a la hora de acostarse se atemorizaba de ciertos sonidos provenientes del pasillo. Su madre, para que se acostara, le amenazaba con historias sobre el hombre de arena, lo que no hacia sino aumentar su fobia. El miedo dejó paso al misterio y la curiosidad le forzó a espiar para ver a ese supuesto “coco” maligno, y comprobó que los ruidos (que el asociaba al hombre de arena) eran causados por Coppelius, abogado y amigo de su padre que desde siempre le había inspirado animadversión. Según él, al ser descubierto Coppelius intentó arrancarle los ojos, pero su padre le suplicó que no lo hiciera.

Después, su padre murió en extrañas circunstancias que él asocia al abogado, lo que aumentaron su odio.

Clara le contesta, disculpándose por leer la carta que en realidad no iba dirigida a ella, y opina que todo eso no son mas que imaginaciones de su subconsciente, que los demonios los lleva dentro, y le hace un análisis empirista de la situación, explicándole de manera racional que lo que cuenta no puede ser cierto, que lo de su padre de seguro fuera un accidente, y que el episodio de los ojos era imaginación de un chiquillo de diez años, y le recomienda enterrar esos temores.

En última epístola, de Nataniel a Lotario, insiste en el asunto de Coppelius-Coppola, pero en esta ocasión reconoce su equivocación, aunque menosprecia la valoración psicológica de Clara. También menciona a Olimpia, hija del profesor Spalangoni (que conoce a Coppola), y termina exponiendo sus ganas de volver a casa.

Luego, antes de empezar el relato en si, el autor “dialoga” con el lector y justifica esta atípica forma de empezar (como ya se a comentado).

Hoffmann describe a los personajes, y explica la vuelta a casa de Nataniel.

Éste no puede dejar de pensar en Coppelius-Coppola y las implicaciones que conllevan, y se obsesiona hasta el punto de no tratar otro tema, cosa que aburre a Clara.

Finalmente, escribe un relato que lee a su prometida y que es recibido con rechazo (le dice que lo queme), a lo que Nataniel, indignado por la simplicidad de su compañera, exclama “eres un autómata inanimado y maldito”, preconizando el final de su relación, que empieza a hacer aguas.

Esto casi lleva al duelo a Nataniel y Lotario (que defiende a su hermana), pero la aparición de Clara en el último momento impide (mas bien aplaza) un fatal desenlace y termina con la reconciliación de los tres.

De vuelta a la ciudad donde reside Nataniel (por motivo de estudios), se encuentra con una forzosa mudanza, y mas adelante vuelve a ser visitado por Coppola, ahora no sólo vendedor de barómetros, sino también de anteojos y prismáticos, de los cuales acaba comprando unos.

Así, desde su nueva morada, observa a Olimpia (la ventana da a la suya), y empieza a obsesionarse con ella, con su inmovilidad de belleza estática, hasta que tiene oportunidad de conocerla, a razón de una fiesta organizada por su padre para presentarla en sociedad, y comienzan una extraño idilio (con el beneplácito de su padre, que ve con muy buenos ojos la relación de Nataniel con su hija).

A raíz de una escena entre Spalangoni y Coppola, se percata de la verdadera condición de Olimpia, su nuevo amor, no es más que un autómata (no deja de ser irónico que después de reprochar a Clara esto mismo por su “frialdad”, acabe enamorándose de una verdadera autómata), todo lo cual, simbolizado en la visión de los ojos ensangrentados, lo trastorna.

Vuelve al hogar, y cuándo parece completamente recuperado de estas experiencias y que la vida le es propicia (su familia recibe una importante herencia) y estable (va a casarse con Clara), se descubre que no es así, e intenta inconscientemente arrojar a su prometida al vacío.

Ella es rescatada por Lotario, pero Nataniel, alentado por la visión de Coppelius entre la multitud concentrada por el escándalo, se precipita al vacío; “¡ah, hermosos ojos, hermosos ojos!”.

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